Poder, impulsos primarios y psicoanálisis

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Mayo de 1996
PODER, IMPULSOS PRIMARIOS Y PSICOANÁLISISi Dr. Fernando Martínez Salazarii El presente trabajo tiene como finalidad hacer una revisión de la relación que guarda el poder con los impulsos primarios (sexualidad y agresión) y la manera en que el psicoanálisis puede comprender esa relación. El poder es una expresión de la conducta del ser humano que bien puede definirse como el acto mediante el cual se somete a otros seres humanos a la voluntad de quien ejerce esa acción. Freud, en su escrito denominado: El malestar en la cultura, relaciona los orígenes del poder con la violencia, haciendo notar que, en un principio, el hombre disgregado, cometiendo actos violentos contra otros hombres y obedeciendo a la ley del más fuerte, tiene la necesidad, en determinado momento de la historia, de que algunos de ellos, los más débiles, se congreguen para oponerse al más fuerte, y después creen reglas que impidan la acción violenta que se venía sucediendo contra ellos. Sin embargo, la acción de sentimiento de éstos no por obedecer a una razón de defensa legítima dejó de tener la característica de ser también violenta. La diferencia entre estas dos posiciones – la de ser violento injustificadamente y la de serlo para defenderse- es de suma importancia, pues en tanto la primera aísla al individuo de los otros individuos a quienes agrede y lo disgrega de ellos, la segunda, por el contrario, unifica a esa mayoría y los identifica con un ideal común, que generalmente termina con la formación de una comunidad. La primera forma de violencia es, pues, disgregativa, la segunda es cohesiva. En la actualidad, hemos estado observando que en el mundo entero se están ejerciendo actos violentos con diferentes modalidades. Esto que denominamos modalidades trata de referirse a la manera incidiosa y hasta oculta en que estas formas de agresión se presentan, generando daños incalculables a la humanidad. Una de las características de este tipo de violencia es que las víctimas difícilmente pueden identificar al agresor. De la misma manera, estas acciones no siempre son reconocidas como violentas, pues frecuentemente se las recubre con un ropaje de benevolencia. Lo anterior, generalmente desemboca en una imposibilidad para defenderse de ellas. De ahí que, hoy por hoy, bien podríamos decir que nos encontramos inmersos es sociedades que tienen la característica de la indefensión, es decir, sociedades que no tienen hasta el momento los instrumentos necesarios para detectar los orígenes y las formas de violencia, y que, por lo mismo, no saben o no pueden defenderse de ella. El fenómeno que nos ocupa se vuelve más complejo si a lo anterior agregamos el hecho de que cuando el ser humano sufre de estas agresiones, se siente en buena parte merecedor de ellas, pues con no poca
frecuencia las considera castigos por los actos agresivos reales o fantaseados cometidos por él, consciente o inconscientemente, a los seres que lo rodean, con la consecuente espera de una retaliación por los mismos. Y así, llegamos a la cuenta de que el estado de indefensión de éste y, por ende, de la comunidad que él mismo integra, se incrementan aún más. Las formas de agresión en las sociedades han pasado por muchas etapas, desde las más primitivas, en dónde éstas se realizaban probablemente con luchas cuerpo a cuerpo, para después pasar al descubrimiento de instrumentos punzo- cortantes hechos con piedras, luego con acero, y así sucesivamente, hasta llegar a las más ingeniosas y modernas: primero con el descubrimiento de la pólvora, y después culminando con el uso bélico de la energía atómica. Ante estos actos bárbaros y criminales, los mismos actores han quedado estupefactos del grado al que el hombre es capaz de llegar con su destructividad. Freud, en su escrito: Sobre la guerra, efectuado a solicitud de Albert Einstein, llegó a conclusiones poco alentadoras; él señala: la destructividad y la violencia en el ser humano es algo que existe en su interior y obedece a una pulsión de muerte, y el único recurso verdadero con el que cuenta para dominarla emana fundamentalmente de tres fuentes: una de ellas es el adquirir conciencia de la existencia de este impulso y, a través de la fuerza de la razón, convencerse de que se debe optar por su renuncia, ante todo cuando sus efectos pueden descargarse en el otro o en los otros que integran la comunidad. La segunda estaría dada por la capacidad de sublimar esas pulsiones y transformarlas en instrumentos que, lejos de dañar, beneficien a la sociedad. La tercera y última sería la utilización de su capacidad de amar, que con su sola presencia, contrarresta o neutraliza la agresión. Desgraciadamente, estos recursos solamente han logrado limitar algunas formas de agresión, pero han aparecido otras en su lugar. Si bien, nos hemos librado de nuevas conflagraciones mundiales en donde el numero de víctimas se contaría por cientos de millones y, horrorizados, hemos renunciado a esa posibilidad, no hemos cedido un ápice en el deseo de expresar esa violencia de otras maneras. Por ejemplo, la dominación de una parte de la humanidad minoritaria para con otra más vasta y necesitada, utilizando la economía como instrumento bélico, encubre y disfraza su poder devastador en comparación a la acción directa y visible de las armas, pero no por ello pierde lo dañino. En la actualidad, no se mata con bombas atómicas, se mata de hambre a gran parte de la humanidad, a la cual se le degrada y se le hace vivir en condiciones infrahumanas, mientras los detentadores de la riqueza se colocan en el extremo opuesto de esa condición. Si pasamos de lo general a lo particular en la observación de esos problemas, lograremos obtener una mayor claridad en su apreciación, pues muchos de ellos nos aquejan directamente, y particularizar será el equivalente de acercar más la lente a los objetos de observación. En México se han sucedido una serie de hechos violentos que han conmocionado a
toda la sociedad. Una serie de asesinatos políticos se han consumado por manos misteriosas que parecen surgir del propio aparato de poder, pues no se conciben esas acciones sin la intervención del mismo. Bastaría que no estuviera involucrado como actor de los hechos para que un alud de recursos de todo tipo se hubieran aplicado para el descubrimiento de los asesinos y la aplicación de la justicia correspondiente. No sucede así; el alud que presenciamos es el de las confusiones. Se vierte información en demasía que no lleva a ningún lado, que se contradice y que crea más confusión. Se percibe la intervención de grupos poderosos presionando en las investigaciones y, con ello, suprimiendo precisamente lo esencial de estos procesos, que es la libertad que deben tener para alcanzar su objetivo principal: la búsqueda de la verdad. El desconocimiento del origen de estas actividades antisociales ha generado confusión no sólo de la sociedad, sino también del grupo de poder que no está involucrado en la realización de estos actos violentos, pues sería injusto e inexacto creer que todo aquél que pertenece a este último sector es responsable de los mismos. Por el contrario, creemos que una buena parte de esta clase de gobernante debe estar igual que el resto de la sociedad, indignada e, inclusive, directamente afectada por los desagradables acontecimientos. Pero precisamente por eso resulta aún más preocupante para la misma sociedad y para los que la integramos y la estudiamos, el percatarnos de cuán poderoso y maligno debe ser el grupúsculo que orquesta, dirige y consuma estos atentados de lesa humanidad. El poder desestabilizador que han tenido los acontecimientos políticos referidos ha sido mayúsculo. Su reflejo en la economía nacional es desastroso y, si aunamos a todo lo anterior la adopción de una política económica que consideramos equivocada y la cual, además, no es factible de rectificarse pues el hacerlo posiblemente nos trajera peores consecuencias de las que ya padecemos, no podemos más que convencernos de que, como país, estamos en uno de los peores momentos de nuestra historia, actuando forzados por circunstancias cuyo control ya no nos pertenece, y pagando muchas veces el alto precio de carecer de libertad de decisión y capacidad de negociación frente a otras naciones más poderosas que la nuestra. Las consecuencias de estos actos agresivos tanto políticos como económicos en contra de una sociedad como la nuestra, altamente indefensa, han sido cuantiosos: El empobrecimiento de una gran parte de la población que ya se da cuenta por millones, debido al desempleo y a las condiciones paupérrimas en que se ha colocado al campo y a la agricultura en general, han cobrado ese alto dividendo. Otra parte de la población que pertenecía a la clase media y que gozaba del privilegio de contar con una vivienda obtenida a base de créditos hipotecarios, hoy sufre de las consecuencias del deseo de mejorar su condición social, pues altas tasas de interés impuestas por los prestamistas han puesto en serio peligro la
posesión de sus bienes. El esfuerzo que antes hacían para adquirirlos, hoy, bajo las actuales condiciones, tan solo lo hacen para no perderlos. Los endeudamientos pactados a un número razonable de años, ahora se han duplicado o triplicado, y el monto de las aportaciones también han aumentado. Toda esa parte de la sociedad, en otra hora optimista y pujante, se le observa abatida y preocupada, con su poder adquisitivo disminuido y con el temor y la rabia contenida como acompañantes. Los banqueros, por su parte, se quejan de tener la cartera vencida más alta de los últimos tiempos, pues gran parte de sus deudores se niegan a pagarles saldos que se multiplicaron como por arte de magia en muy poco tiempo. La pequeña y la mediana industria lucen destrozadas y una buena parte ha desaparecido, producto del ataque a dos fuegos, perpetrados, por un lado, por una apertura indiscriminada a productos y servicios de países con una experiencia en la producción y comercialización de éstos mucho mayor que la nuestra, y por el otro, por una recesión económica originada por la falta de recursos económicos de una población empobrecida por las causas arriba expuestas y por las medidas gubernamentales restrictivas en el gasto público que tratan desesperada e inútilmente de controlar un proceso inflacionario. Si a estas alturas de nuestro escrito nos preguntáramos: ¿quién o quiénes son los responsables de este desastre político y económico? Tendríamos que aceptar que no lo sabemos con precisión y que son muchos los factores que intervienen en su producción, pero, que, entre ellos, como ya lo apuntamos, destacan los acontecimientos políticos violentos originados por una lucha de poder con apariencia de lucha fratricida, pero con un fondo eminentemente filicida, el cual, como todo acto filicida, lo que buscaba es que quien lo llevara a cabo se perpetuara en el poder. En este sentido diremos que, aunque se logró el objetivo de eliminar a los candidatos más viables a la sucesión presidencial, no estamos muy seguros de que el intento de perpetuarse en el poder lo haya logrado el que buscó su eliminación. Lo anterior probablemente originó una segunda lucha por el poder que, aún hoy en día, no termina. La instauración de una política económica equivocada es el otro factor importante. La equivocación no está dada por sus intenciones y objetivos, que eran y son buenos, sino por su utopía, pues intentar un tratado de libre comercio con el país más poderoso del mundo, en las condiciones en que se negoció y se aceptó, en donde nosotros nos jugábamos el todo por el todo a cambio de un significado nimio para ellos y en donde el riesgo de nuestra parte era total y para ellos mínimo, se entenderá que, desde sus inicios, nos colocaba en condiciones muy desventajosas en todos los sentidos. Hoy todavía, gran parte de nuestra energía se va en tratar de cumplir los requisitos que nos exige la condición de socios comerciales de ese país. La confusión general persiste por la falta de una información más amplia que explique en qué consiste el problema económico y cuáles son sus
causas. También la incrementa esa publicidad que vierten los sectores gubernamental y empresarial a manera de información noticiosa, en donde se nos habla de una crisis que, lejos de definirla y esclarecerla, lo único que logra es aumentar la confusión. ¿Qué es, a final de cuentas, la crisis? Lo es todo y es nada. Es pobreza, es desempleo, es injusticia, es salida de capitales, es cartera vencida, es despojo, es dolor humano, es economía paralizada, es violencia contra la sociedad, es indefensión social ante un agresor desconocido, es confusión, mucha confusión, es torpeza del gobernante que no sabe qué hacer con el problema. Es más, muchas cosas más. Es el engaño, es la mentira que está ofreciendo que el problema o los problemas se resolverán en determinado tiempo y que, lejos de lograrse, sólo nos enfrenta con una realidad que nos dice lo contrario, aumentando la desesperanza y la fe perdida. Y la crisis, a su vez, es nada, simplemente por la vacuidad del concepto. La multiplicidad de factores, el desconocimiento de en qué porción intervienen uno y otro, y lo genérico y difuso de los componentes que participan como causantes del problema económico de México, hacen que quiénes lo padecemos no logremos identificar sus orígenes y, en ocasiones, lleguemos hasta el estado confusional de no saber si estos factores constituyen o no una agresión en contra de esta sociedad que integramos. A nosotros nos interesa entender lo que se ha dado en llamar crisis como un acto de violencia contra la sociedad, porque ha sido ella la confundida, la indefensa y la afectada en última instancia. Esa violencia de tipo económico creemos que, a su vez, encubre una intención disgregativa, excluyente y xenofóbica por parte del agresor o los agresores, pues debido a sus efectos, vemos que se está creando una sociedad de castas en donde poco o nada nos identifica o nos cohesiona. ¿Qué tienen en común esta nueva oleada de banqueros con esa masa de campesinos hambrientos y desposeídos? ¿Qué la clase intelectual con la de los analfabetos? ¿Qué la otra clase media, ahora endeudada, con la que no lo está? Estos ejemplos tienden a multiplicarse más y más, y conforme lo hacen, sentimos que la sociedad se nos pulveriza y se nos fragmenta en las manos. A nivel internacional sucede lo mismo. Los niveles de vida de la población que tienden a descender, generalmente por una excesiva acumulación de riqueza en unas cuantas manos, en lugar de explicárseles y combatírseles por el lado de la causa real que los origina, frecuentemente se busca al chivo expiatorio que sirva de recipiente de toda la rabia de esa parte agredida y resentida de la sociedad. Un ejemplo fehaciente y muy cercano es la agresión constante y hasta homicida que las autoridades del sur de los Estados Unidos de Norteamérica cometen en contra de nuestros llamados espaldas mojadas, que no son otra cosa que seres humanos hambrientos en busca de trabajo para poder sobrevivir. A ellos se les culpa de bajar los niveles de vida de una parte de la sociedad norteamericana, pretextando que se les tiene que dar salud y educación, lo mínimo que se les puede dar a quienes, en lugar de disminuír, incrementan esos niveles de vida,
ocupándose de trabajos que nadie de esa sociedad quiere desempeñar y que, además, vendiendo su trabajo muy por debajo de lo que en esos lugares se acostumbra a pagar por ellos, por el sólo hecho de ser indocumentados, todavía tienen que soportar persecusiones y agresiones. ¿Quién disminuye a quién su nivel de vida, nos preguntamos?. Estos ejemplos se repiten alrededor del mundo entre árabes e israelís, ingleses y escoceses, negros y blancos, turcos y griegos, ects. Y ects., culpándose unos a otros de sus males y considerando que eliminada la contraparte se resolverían sus problemas. Nada más alejado de la realidad; lo único que se logra con estas actitudes es cometer frecuentemente actos de injusticia y ocultarse, por supuesto, los verdaderos orígenes de los problemas que aquejan a los involucrados. Hasta en un nivel muy particular, dentro de la propia Asociación Psicoanalítica Mexicana, A. C., se dan estos fenómenos disgregativos, excluyentes y xenofóbicos. Ya existe por parte de algunos de sus miembros la tendencia de que haya psicoanalistas de primera, de segunda, de tercera y hasta de cincuentava categoría, si se quiere. El grupo que controla y ejerce un poder mal entendido se las ha ingeniado para lograrlo: primero, realizando entre ellos una selección de candidatos a ocupar los puestos directivos de la citada asociación para después someterlos a un “consenso” con el resto de la membresía y, así, lograr una elección generalmente a través de una plantilla única. La otra parte de la membresía que no participa en el proceso selectivo de los candidatos, impotente e indefensa, acata este proceder a sabiendas de que no se puede hacer nada para evitarlo. Si las cosas ahí pararan, las podríamos calificar de minúsculas, pues aunque con ellas se impide el ejercicio democrático que debería darse en el seno de nuestra organización, también es sabido que muchos de los que la integramos no tenemos el interés suficiente por esos acontecimientos políticos. Pero no, además, esta misma actitud excluyente ya se ha extendido a otras áreas, como por ejemplo la que corresponde a la selección de candidatos a psicoanalistas didácticos. En la actualidad, aquellos psicoanalistas didácticos que ingresaron a esta categoría de manera directa, mediante la aceptación del Consejo Directivo del Instituto de Psicoanálisis, “idearon” un procedimiento de selección muy sui generis por el que, por supuesto, ellos no tuvieron que transitar, lo cual, en principio, y por esa sola razón, lo vuelve injusto. El citado procedimiento consiste en que tres miembros del Consejo Directivo, buscados al azar, realizan un número similar de entrevistas al solicitante a realizar un curso para obtener la categoría de didáctico y, mediante la presentación de una viñeta clínica, se pretende evaluar si éste realiza en su práctica privada un procedimiento psicoterapéutico digno de llamarse psicoanálisis, para así poderle aceptar su solicitud, no a der dictada, sino a efectuar un curso que, a la larga, le permita obtener ese grado. A nuestra manera muy personal de ver las cosas, los miembros del Consejo Directivo no involuctados con el grupo de poder cometieron un grave error al seguir consciente o inconscientemente esos designios, pues ellos bien saben que evaluar en
unas cuantas horas si alguien tiene o no capacidad como psicoanalista, además e imposible, es un acto temerario y riesgoso, pues se está, además de jugando con el porvenir profesional de una persona, con la posibilidad de cometer una injusticia grave con el consecuente daño moral para la misma, pues cabría preguntarles a los encargados de tomar esa decisión: ¿qué sentido tiene que a colegas con una preparación y una formación similares a las que todos tenemos les cuestionemos el desempeño de su profesión, a sabiendas de que esa preparación y formación se realizaron en la mejor institución el país, reconocida por propios y extraños?. ¿Qué sentido tiene calificar algo que el Institito de Psicoanálisis y certificó, no en unas cuantas horas, sino a lo largo de cuatro años y a través de un sinnúmero de maestros, supervisores, y un análisis didáctico? Y en caso de negarle al solicitante la posibilidad de continuar su progresión profesional lógica por “considerarse” que éste no realiza de acuerdo a los entrevistadores lo que ellos consideran buen psicoanálisis, ¿no se está colocando a la propia institución en un contrasentido, por un lado haciéndola otorgante a una misma persona de una certificación como psicoanalista y, por el otro, descertificándola por la misma razón?. Creemos que, además de estas razones, e indebidamente en nombre de la institución, se han cometido injusticias graves. Hubo a quién se le pidió, por ejemplo, que para continuar sus trámites y aceptar su solicitud, cambiara de analista y se reanalizara con otra persona. La exigencia estaba hecha para que el solicitante no la aceptara, por lo que la misma llevaba implícita, la descalificación injustificada del largo tratamiento psicoanalítico ya efectuado. Sin embargo, el solicitante terminó aceptando someterse al requerimiento para evitar el bloqueo a su progresión profesional. De nada sirvió: después de dos años de reanálisis, las “reglas del juego” habían cambiado. Ahora había que someterse a las citadas entrevistas, y el requisito antes condicionante del mencionado reanálisis había perdido, para ese entonces, su validez. Llevó a cabo el multicitado solicitante las entrevistas: en una de ellas se leyó la viñeta clínica; en la siguiente, se discutió el diagnóstico, y en la tercera, al parecer, el vocero de los entrevistadores le hizo la pregunta al entrevistado si utilizaba en sus tratamientos la transferencia. Aunque la pregunta se consideró en su momento ofensiva, se respondió con atención y respeto que se consideraba que sí. Varios meses después, el solicitante de nuestra historia fue llamado para comunicársele que había sido rechazado en su intento de ingresar al citado curso de referencia. Las razones: que los entrevistadores consideraban que el trabajo realizado por el solicitante en esa viñeta clínica y el expresado en la entrevistas no reunía las características necesarias para ser tomado en cuenta como un trabajo psicoanalítico. Como era de esperarse, la indignación hizo presa al entrevistado, pues las razones que se le daban lo ponían en calidad de un usurpador. Él se había ostentado como psicoanalista desde el día en que contaba con una certificación que así lo acreditaba de la propia Institución que hoy decían representar los que lo
rechazaban y que, en ese momento, simplemente, le comunicaban que su trabajo no se consideraba psicoanalítico. ¿Qué era pues, entonces, su trabajo – el de un psiquiatra, un psicoterapeuta o un chamán- qué era? La única opción honesta era ofrecer la renuncia a una institución a la que, por simple lógica, no se merecía pertenecer, o luchar porque se reconociera lo contrario. Así lo hizo. Propuso a la comisión encargada de comunicarle el veredicto la posibilidad de exponer su caso con tres colegas de reconocido prestigio, a fin de obtener su opinión, y en caso de que ésta coincidiera con la de los entrevistadores, hacer efectiva su renuncia. El resultado de sus consultas fue el siguiente: que tomara las cosas con calma, que se descartara la posibilidad de la renuncia, que “así eran las cosas en el instituto”, y que había que hacer la solicitud nuevamente, cuantas veces fuera necesario hasta lograr ser admitido. Nunca más nuestro multicitado solicitante ha intentado hacerlo, y quién sabe si algún sía lo haga o no. Como ésta, se repiten un sinnúmero de historias, con otras modalidades, con otras características, pues la mayoría de los solicitantes son rechazados, pero en todas ellas campean condiciones similares a la anteriormente expuesta. El procedimiento de selección es inadecuado por una multiplicidad de razones: no son claros los requisitos que debe reunir el solicitante; las apreciaciones para evaluar generalmente son de índole subjetivo; los aspectos objetivos con frecuencia se omiten en la valoración; no se toma en consideración que se está solicitando ingresar a un curso y no a ser didacta; que la razón de ser del curso debiera ser precisamente la de mejorar y perfeccionar el trabajo psicoanalítico del solicitante y no la de evitar su progresión profesional; que en caso de existir alguna razón valedera para el rechazo, no existen mecanismos para subsanar la causa que motivó este proceder; que el procedimiento no se circumscribe a los estándares que aconseja para este fin la API; que el procedimiento “enfrenta” a colegas con formaciones muy similares, al colocar a los entrevistadores como jueces, sin la información necesaria para emitir un fallo y con la posibilidad de perjudicar gravemente al entrevistado sin razones valederas para hacerlo; el que un fallo inadecuado va a generar una enemistad entre ambas partes que irá en detrimento de la propia organización psicoanalítica; y que los criterios de selección obedecen, en realidad, a motivos políticos y no académicos. Por estas razones, podemos asegurar que no existe la intención de ayudar al solicitante a que logre su propósito, sino por el contrario, la de obstaculizarlo. Todo lo anterior se hace en nombre de promover la pureza y la calidad del ejercicio psicoanalítico, y aquí es donde nuestra larga y aparente digresión vuelve a conectarse con el tema que nos ocupa: ¿No estará una parte de nuestra asociación psicoanalítica constituyéndose en la portadora y promovedora de esas características ideales del psicoanálisis? ¿No se estará al resto de la misma organización precipitándosele a una condición
diferente a la anterior y, por lo mismo, constituyéndose en algo distinto a los otros colegas? Entre los aceptados y rechazados a los cursos para obtener el grado de didacta, ¿no estaremos creando dos grupos diferentes?. Y, no es que estemos en contra de que existan las conocidas categorías de adherentes, titulares y didactas que siempre han existido, en contra de lo que estamos es de que se obstaculice ese proceso de progresión natural y de que las causas que se argullan para hacerlo, lejos de lograr su propósito, lo único que logren sea pulverizar y fragmentar a nuestra asociación en un sinnúmero de subgrupos con atribuciones y características muy diferentes, porque entonces, lo único que habremos conseguido es desintegrarnos, excluirnos y xenofobizarnos unos a otros, a través de acciones violentas cuyo origen es difícil de identificar y cuyo ropaje con aparente bondad sea el de preservar y mejorar el psicoanálisis. El Dr. Pablo Cuevas, de una manera muy sintética e inteligente, me hacía el siguiente comentario mientras observábamos en una reunión social a tres miembros de una orquesta que tocaban una marimba y lo hacían de tal manera que ninguno se interfería con el otro, sino que se complementaban, dando por resultado la producción de una melodía bella y armoniosa. Si se tratara de psicoanalistas, decía el Dr. Cuevas, seguramente nos estaríamos peleando por ver quién toca más teclas y quién excluye a quién. Efectivamente, agregaríamos nosotros, así estamos, con la desagradable consecuencia de que acabaríamos con la melodía y con la orquesta. El peligro de las organizaciones psicoanalíticas es que nos volvamos un fiel reflejo de las instituciones sociales que nos rodean y adquiramos, con ello, sus vicios y sus defectos. Nuestra misión, nada fácil, por cierto, más bien sería la de construirnos en una especie de “yo observador” que comprenda y explique el por qué de la conducta social, incluyendo la propia y la de las demás instituciones, pues, de no hacerlo, cabría preguntarse: ¿quién lo hará por nosotros? Como institución integrada por seres humanos, estamos expuestos a cometer los mismos errores que el resto de la sociedad. La diferencia, tal vez la única, está dada por la capacidad de observación y autocrítica que nos proporciona el método psicoanalítico. Tendemos, como cualquier hermano, a la formación de castas, a los ataques disgregativos contra la sociedad en general, y con nuestra organización en particular, a la exclusión del otro, a la creencia xenofóbica que devalúa lo ajeno y enaltece lo propio. Habremos de reconocer, pues, que es ésta nuestra parte violenta que nos encamina por la satisfacción de impulsos muy primitivos que nos acercan a nuestros orígenes y nos alejan de la cultura y, al hacerlo, frecuentemente, nos hacen actuar también muy primitivamente, pues ninguna de esas “satisfacciones” consideran el dolor y el sufrimiento emocional del otro y, por lo mismo, no suelen acompañarse ni de la razón ni de la justicia, otro de los valores fundamentales e indispensables para lograr una buena y sana convivencia humana.
Sin embargo, es conveniente mencionar que, a principios de enero del presente año, el Dr. Eduardo Dalllal, actual presidente de nuestra asociación, me invitó a platicar con él para conocer mis puntos de vista acerca de cómo creía yo que se pudiesen mejorar las cosas en nuestra organización psicoanalítica. En ese entonces, le hice algunos de los comentarios expresados en este trabajo, pero haciendo especial énfasis en los aspectos integrativos que el suscrito consideraba que debía seguir nuestra política societaria, y en la que, a mi juicio, debería evitarse, además, todo aquello que fuera excluyente. El día que se celebró la votación para elegir la actual mesa directiva, pude observar con agrado que el número de personas que la integrábamos era muy amplio, a tal grado, que esto mereció el siguiente comentario del Dr. Juan Vives: “Mejor que levanten la mano los que no están dentro de esta mesa directiva”, refiriéndose al pleno de la asamblea. Ojalá y así sea siempre, que todos estemos integrados t participando para beneficio de todos y de nuestra sociación. El ejercicio del poder solamente se justifica si su existencia está en razón de evitar la violencia. La peor de todas las violencias es la injusticia. Su efecto inmediato en la sociedad o en los grupos hermanos es disgregativo y, por lo mismo, resulta atentatoria de cualquier forma de convivencia humana. Los orígenes del poder están dados, pues, por la necesidad de sofocar esa violencia. Freud, en El Malestar en la cultura, nos hace saber que la convivencia humana sólo se vuelve posible cuando se aglutina una mayoría más fuerte que la de los individuos aislados, y que cohesionada frente a éstos, es capaz de someterlos mediante el ejercicio de un poder superior que guarda ciertas características. Una de ellas es que, ahora, el poder de la comunidad se contrapone con el derecho al poder del individuo, que es condenado como violencia bruta. Esta substitución del poder del individuo por el de la comunidad, se constituye en el paso cultural decisivo de la humanidad, y su esencia consiste en que los miembros de la
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Trabajo presentado en la reunión científica anual Sigmund Freud, en el Hotel Ixtapan, de Ixtapan de la Sal, Estado de México, el 18 de mayo de 1996 ii Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Mexicana, A.C.

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