Cultura y liberación

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Cultura y Liberación Paulo Freire ∗
Yo comenzaría citando aquí a un hombre que no tuve la alegría de conocer personalmente, pero por quien tengo una profunda admiración: Amílcar Cabral, camarada también de ustedes, del camarada presidente, de la camarada Alda…
Amílcar Cabral decía en sus textos que la lucha de liberación es un hecho cultural y un factor de cultura. Evidentemente cuando Cabral planteaba el problema de la cultura lo hacía analizando las primeras expresiones de un pueblo dominado, explotado, prohibido de ser; y así, cuando discutía las primeras señales de un proceso de liberación, buscaba expresar una cierta valoración de su cultura nacional.
Cuando Amílcar analizaba el factor cultural, al cual llamó resistencia cultural, no estaba tomando a la cultura como algo que pudiese ser en sí y por sí un factor fundamental del proceso de liberación.
Amílcar sabía muy bien que las manifestaciones culturales de cualquier sociedad expresan los niveles en que se encuentran las fuerzas productivas de la sociedad y que, al mismo tiempo, en función de la orientación que éstas reciben, conforman un cierto modo de producción, desde el cual se dan las relaciones sociales.
No es posible desconocer esta base material en el análisis de la cultura, pues eso sería caer en una posición puramente idealista, que no explicaría el fenómeno cultural. La cultura está fundada, enraizada, asentada en la base material de la sociedad: en cómo se produce.

Conferencia dictada por Paulo Freire en Sâo Tomé el 12 de Diciembre de 1976. (Traducción de M.E.G.)
La expresión cultural nos remite a las bases materiales y al modo de producción que una sociedad tiene en determinado momento. Por ello no se puede negar la existencia de la cultura, a no ser que se tenga una visión reaccionaria de la cultura y, por lo tanto, elitista y falsamente académica. Negar la cultura de un pueblo sería confundir la libertad de los pueblos con su cultura. Esto podría llevar a la afirmación de que los pueblos que no tienen libertad no son cultos, y eso sería muy grave.
Por ello, hablar de liberación y cultura implica hablar de dominación y cultura. No puedo reconocer la relación entre cultura y liberación si no reconozco la relación que hay entre cultura y dominación. Si no hubiese cultura y dominación no habría por qué hablar de cultura y liberación.
La relación entre cultura y dominación se da en todo tipo de relación imperialista; aquellas relaciones en que las fuerzas imperialistas de la sociedad dominante, usurpando el derecho que tienen los nacionales de organizar sus fuerzas productivas, se apropian de éstas y las organizan según sus intereses. De ahí que lo más fácil para los imperialistas sea comenzar por negar la historia del pueblo oprimido, dominado, negándole así su cultura.
Para ello, el que domina utiliza una premisa fundamental: negar – con sus gestos, con sus palabras, con su práctica, con su presencia – la historia del colonizado. Es necesario negar la historia del colonizado y, con ello, negar la cultura del colonizado para invadir al colonizado con su historia y su cultura. No hay colonizador que no haya hecho esto, pues la invasión cultural es el instrumento fundamental, necesario, indispensable para alcanzar la dominación económica.
Este fenómeno ocurre también en toda sociedad en donde se da la opresión de una clase sobre otra, en donde la clase dominante decreta, como único valor, su cultura, su lenguaje, su gusto de clase, su gusto en el comer, vestir, pasearse, dormir, oír música, como gusto nacional.
De ahí que la pedagogía del colonizador no pueda ser una pedagogía para la liberación del colonizado. Sería una ingenuidad – casi angelical – que el colonizado pidiese al colonizador que haga una pedagogía para él.
Aquí la educación colonial no podría tener otro objetivo que la desafricanización del africano. Esta educación desafricante, selectiva, busca asimilar a los africanos a su sistema, para lograr lo que Fanon llamó “negro de alma blanca”. Ésta es la herencia que dejaron los colonialistas.
Por esta razón, es muy difícil encontrar las partes positivas de ese tipo de educación. Tal vez eso se pueda hacer cuando el intelectual africano – independizándose junto con su pueblo – niegue y supere la educación colonial. No hay otra salida. El único aspecto positivo de este tipo de educación se da cuando ésta puede ser negada, para crear así otro tipo de educación que responda a las necesidades de la nueva sociedad que se está gestando en el proceso de transición.
Este problema es uno de los principales – a nivel educativo – que los nacionales de Sâo Tomé e Príncipe enfrentan, es decir: el problema de la cultura, de la educación – de la educación de la cultura - , el problema de la conciencia formada en un proceso alienante, durante la época colonial. De ahí la necesidad de un proceso de descolonización de las mentes, de las mentalidades, como decía Amílcar Cabral; un proceso que permita la superación dialéctica de la presencia mítica del colonizador inyectada todavía en cada uno de los nacionales. El colonizador ya no existe como tal, pero subsiste en cada uno de ustedes. La descolonización de la mente implica la expulsión de esta sombra.
Pero el problema fundamental es que esta sombra no se expulsa por decreto, por medio de conferencias o seminarios. Esta sombra se expulsa mediante la creación de una nueva práctica social, fundada en la reorganización de las fuerzas
productivas, que se desencadenan por medio de la liberación del pueblo, para poder permitir la aparición de un nuevo modo de producción y la concreción de las nuevas relaciones sociales.
Al lado de este proceso – acompañándolo, ya que no es mecánico sino dialéctico – está el trabajo, a nivel ideológico y político, con el fin de ayudar a las transformaciones infraestructurales. O sea, que es necesario acelerar la transformación del proceso de producción, acompañándolo con un trabajo ideológico, en el cual la educación tendrá, entonces, su papel fundamental: la expulsión de la sombra.
Pero, ¿cómo salir de la herencia colonial y cómo crear un nuevo sistema educativo, si sabemos que la educación es una dimensión de la práctica social y que ésta es como un río en el que una de las afluentes es la lucha por la producción, otra la lucha de clases, y una más la actividad científica creadora (que existe en una sociedad determinada, en función de cómo estas fuerzas productivas se organizan)? ¿Cómo reformular radicalmente la educación colonial sin haber hecho todavía la reestructuración radical de la infraestructura del país?
Un mecanicista diría: esto se hace mecánicamente; se elabora un decreto y ya está. En este sentido un mecanicista sería igual a un idealista, el cual diría que bastaría con tener clara la conciencia para, al día siguiente, reformar las estructuras del país.
Entonces es necesario actuar aquí con una paciencia impaciente. A este respecto lo que hizo Amílcar Cabral me ha marcado profundamente. Él fue un hombre dialéctico, vivió y actuó de esa manera. Siempre estaba preocupado por analizar las contradicciones que debía enfrentar. Vivió siempre entre las tensiones dialécticas de los contrarios. Jamás, por ejemplo, hizo la ruptura entre paciencia e impaciencia. Jamás la hizo porque, de hacerlo, solamente la haría en dos formas: 1) en favor de la paciencia y minimizando la impaciencia. Aquí caemos en la
pasividad, en los brazos que se cruzan en espera de algo que caiga del cielo, en la adaptación, en esa frase brasileña que es muy expresiva al respecto: “deja como está para saber cómo queda”; este tipo de paciencia no construye nada; y 2) la otra ruptura es aquélla en favor de la impaciencia, en donde la paciencia se pierde y entonces se cae en el voluntarismo revolucionarista y no revolucionario. Estos revolucionarios de café – que pretenden hacer la revolución por decreto -, este tipo de impaciencia, tampoco construye. Sólo experimentándonos en la tensión paciencia-impaciencia y viviendo una impaciente paciencia, construimos una sociedad. Y es exactamente en el juego de esta paciencia-impaciencia que se instala la esperanza, pero aquella esperanza en la cual espero luchando para hacer, porque ya estoy haciendo. Mi esperanza es una espera de quien está haciendo, y no una espera de quien solamente espera. La espera de quien hace es la única espera que da esperanza, que empuja para construir. Y ésta es una espera de quien conoce las dificultades.
En un bar de Tanzania conversaba con un profesor amigo mío quien, entre otras cosas, me decía: “Paulo, si hace unos años hubiera insistido en entrar aquí contigo, me hubiera costado la prisión, y tú habrías recibido una fuerte llamada de atención por ello”.
Reconstruir una sociedad es algo realmente difícil. Es volver a las fuentes para poder crear una sociedad justa, que supere la explotación de unos seres humanos por otros, la explotación de una clase social por otra.
En Tanzania alcancé a ver todavía (después del triunfo de la revolución) algunos carteles cerca de las playas en los que se decía: “Sólo para europeos”. O sea que los nacionales tenían prohibido bañarse en las aguas de su mar. Había otros carteles en calles y bares en los que se leía: “Perros y africanos prohibidos”.
Por eso estoy aquí en Sâo Tomé, con el mínimo que puedo ofrecer; esto justifica mi presencia en razón de mi aprendizaje permanente. Y al estar aquí, vengo a
sostener una conversación con ustedes – no académica, porque yo no soy amigo de ese tipo de acciones - , tal vez no muy sistematizada, pero con el fin de hacer algunas referencias al problema de la lucha de la liberación y de la cultura, al problema de alienación, la desalienación, colonización de las mentes y descolonización de las mentes.

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